viernes, 24 de octubre de 2008

El sobreviviente

Por: Pablo Lerner

Una reflexión acerca de la soledad. He pasado los últimos cinco años de mi vida en Budapest, leyendo a Kertesz, recorriendo sus itinerarios en la ciudad, y pensando acerca de sus escritos en estrecha relación con mi experiencia como judío en Hungría, y en general, en la experiencia de la Diáspora. Kertesz, a quien no conozco personalmente, se transformó en estos años en mi amigo. Su obra me ha permitido, creo, entenderlo a él, pero por sobretodo entenderme un poco más a mí mismo. Intuyo que los temas que trataré en el curso tienen interés también para otros judíos: la figura del sobrevivente de los campos, el judío en la ciudad no judía, la lengua –en el decir de Kertesz- en que nos hospedamos. Es una invitación a pensar juntos la extranjería.

Quienes no hemos pasado por “épocas interesantes” (de exterminio, de hambruna, de revolución) vamos al encuentro de la narrativa del sobreviviente con ciertos presupuestos, casi a modo de escudo. Algunos de estos presupuestos son del orden del “sentido común”. Pensamos: ‘El sobreviviente ha tenido un “antes” y un “después” de su pasaje por los campos de concentración’. ‘Los campos son la experiencia más importante de la vida de esa persona, y le han dejado una “enseñanza”’. Otros presupuestos tienden a la simplificación narrativa. Por ejemplo: ‘Antes de los campos, esa persona era una persona “normal”, que llevaba una vida “normal”’. Y hay presupuestos que encierran una ilusión o una negación: ‘El sobreviviente vuelve al mundo “real”, sin resquemores, para redimirlo con su testimonio’.

Estas presunciones tienen todas algún asidero, incluso para lidiar con Imre Kertesz. Y sin embargo, cuando uno como lector se golpea con Kertesz (porque nadie se “encuentra” con Kertesz, uno se tropieza con él, se lo lleva por delante, se da de frente contra Kertesz como contra una puerta entreabierta), se tiene la sensación de que las cosas empiezan a complicarse, porque Kertesz, por alguna razón que no entendemos, no “habla” como debería, es decir, no habla como una víctima redentora, sino que sus palabras contienen una acusación que de algún modo nos incluye. Dice Tomás Abraham, con admiración, que Kertesz es un hombre libre. Es verdad, y como lector he sentido la misma admiración. Pero es esa misma libertad la que nos golpea. Sencillamente, no la esperábamos.

Pensemos en la presunción de “normalidad” de los que llegan al Campo. Nos esforzamos por ver a esas personas como “normales” porque reaccionamos contra la deshumanización que la propaganda antijudía hacía y hace de ellos (y de nosotros). Ante la acusación de deicidio, usura, arrogancia, avaricia y demás que nos propinan los gentiles día por medio, y que justificaba (y justifica) el asesinato en la mala conciencia gentil, nosotros, los judíos, construimos la imagen de las futuras victimas sólo en función de su posible exculpación (como si la necesitaran y como si sirviera de algo): un grupo de gente “común”, hecho de buenos hijos y buenos padres, de vecinos ruidosos pero amables, todos rociados de amor al propio pueblo, en fin, construimos, para estar a tono con la ocasión, a los “judíos”.

Pero esta construcción no nos ayuda, porque es imprecisa: Los judíos fueron enviados a Auschwitz por ser judíos, pero cada uno de ellos no era a sus propios ojos un “judío” o “solamente un judío”. Cada uno tenía una conciencia de su ser en el mundo como individuo, e interpretaba lo que le estaba pasando, incluyendo lo que hoy llamamos la Shoá, en términos de su propia vida. Relacionaba los acontecimientos, como es natural, con sus experiencias anteriores. Y aún ante la perplejidad y el desánimo, debía intentar interpretar el presente a la luz del pasado, de su pasado.

En el caso de Kertesz, la experiencia de ser entregado por sus “compatriotas” húngaros para ser exterminado por los alemanes, se agrega a otra “entrega” anterior. Kertesz había sido enviado como pupilo a un internado, siendo ésta la forma que sus padres habrían encontrado de sacarse de encima al único hijo de un matrimonio que se disolvía. Aquí cualquier persona cabal debe interrumpir la lectura y elevar la voz: Cómo se puede comparar una deportación hacia la muerte con un divorcio y un internado? Nuevamente, a posteriori la comparación resulta ridícula. Pero para el adolescente que era Kertesz, la segunda “deportación” debe haber encajado perfectamente en la primera. Hay una simetría en la solemnidad de las decisiones, en los eufemismos, en el trasladarse, en los códigos carcelarios del nuevo lugar... y por sobretodo en la sensación de abandono y de estar librado a uno mismo. Kertesz va a Auschwitz como hijo de un divorcio, y aquí encontramos la primera piedra en nuestro camino de presunciones. Él no era una persona “normal”. Tenía pasado y sabía algo.

A la “anormalidad” familiar, y su resultado enajenante (aunque quizás provechoso para lo que le esperaba), Kertesz le suma posteriormente la enajenación de su propio nombre. Dice abiertamente lo que muchos otros sentimos sin poder admitir: que odia su nombre. Así de simple, lo odia. Al fin y al cabo porqué habría de gustarle? El nombre “Kertesz” (“Jardinero” en húngaro) es la hungarización de algún otro nombre presuntamente alemán que es a su vez una traducción de uno hebreo que se perdió. El nombre de pila “Imre” es un típico nombre húngaro que no tiene nada de judío. El nombre completo “Kertesz, Imre” (porque los húngaros ponen primero el apellido y después el nombre) es algo así como llamarse Juán Pérez.

La relación entre los judíos y sus nombres es en sí compleja. Los judíos recordamos a las victimas de la Shoá restituyéndoles su nombre, nuevamente en oposición a la travesura gentil de borrárselo y darles un número tatuado en el brazo. Los nombres de las víctimas están grabados en las hojas del “Árbol de la Vida”, el monumento recordatorio en forma de sauce que los judíos húngaros han dispuesto en el patio de la sinagoga de la calle Dohany, en Budapest. Y como es sabido, Yad Vashem ha destinado gran esfuerzo a reconstruir la identidad de las victimas, por respeto a ellas y quizás también como prueba de su existencia, es decir, como descargo. Pero entre tantos nombres, no nos atrevemos a preguntarnos qué significado tienen para nosotros.

Un apellido no hebreo en un judío acarrea siempre una incomodidad fónica. Todo nombre traducido es algo sospechoso, algo que se dice y se oye con reservas, se acepta provisoriamente a falta de algo mejor, y puede sucumbir en cualquier momento ante la ironía o la denuncia. Nuestros apellidos no se corresponden con el paisaje sonoro del lugar en que nacimos, y a menudo no se llevan bien con nuestro nombre de pila. Los nombres hungarizados, como “Kertesz”, se pronuncian con suprema suspicacia. Por los judíos, por temor a ser reconocidos como tales, y por los gentiles -como el lector avezado adivina- por antisemitismo. Kertesz descubrió en su nombre un instrumento de confusión y control foráneo sobre su persona. Su falta de estima para con el nombre que le fue legado no es un rasgo de auto-odio sino de amor propio.

Como vemos, tanto en la historia familiar de Kertesz como en su relación con su propio nombre, nos encontramos en el terreno incómodo del desapego a lo heredado (y por ende con la pregunta de qué es lo propio), con la presencia “natural” de lo absurdo (de un nombre, de un nacimiento en el exilio, de un abandono), en fin, con una incomodidad vital del prisionero previa a la experiencia de los campos. La persona no llega a los campos sin historia, y los campos se agregan a otras experiencias anteriores, algunas traumáticas. El testimonio (la propia palabra es engañosa, habría que decir la “exposición&rdquoGuiño del sobreviviente se vuelve compleja, sospechosa: no se ajusta al género testimonial, no va “a los hechos”, en fin, el sobreviviente “no colabora”. Pero según yo lo entiendo, el eje vital y artístico de Kertesz es justamente ése: no colaborar. No colaborar con las narrativas que falsifican su experiencia (vengan de donde vengan, del Partido Comunista, de los gentiles, o de Steven Spielberg), no colaborar con la categorización y la expectativa del otro.

Esta posición de no colaboración, que es una auto-emancipación, funciona como una mano generosa tendida por Kertesz hacia el lector judío. Me parece importante destacarlo porque la obra de Kertesz no ha despertado empatía en algunos de sus hermanos. Es difícil precisar porqué, aunque tal vez la respuesta esté en la libertad intelectual del autor. Es cierto que la discusión de la temática judía en su obra (incluyendo los diarios) es escasa y carente de color -y calor- local. Kertesz viene de una familia asimilada. Por lo tanto no es extraño que el papel de “lo judío”, en atmósfera y bagaje cultural, sea pequeño en sus libros. Para Kertesz, “lo judío” tal vez ni siquiera exista como categoría. Y si hubiera una parte de la existencia de Kertesz que fuera “lo judío”, todavía quedaría el problema de cómo se relaciona con “lo literario”, con su representación. Kertesz no es un escritor de “temas judíos” ni un retratista de la vida comunitaria. Lo que aparece en su obra es una reflexión sobre la experiencia judía entre los gentiles. Es la experiencia de la negatividad, de la definición de las cosas por lo que no son, del miedo y del odio -del miedo al odio-, de la no pertenencia y de la búsqueda del sentido. Y es -como dije- sobre todo la experiencia de la no colaboración con el discurso falsificador y difamatorio.

Esta experiencia no desemboca sin embargo en ninguna ideología. Kertesz no es un ideólogo ni un reformador moral, y en rigor, no se dirige a nadie. Ni siquera le habla “a los judíos”. Aunque quiere a Israel y a los judíos y se identifica con su destino, no es sionista ni diasporista, no tiene ningún mensaje concreto ni plan de acción, él es un literato, no está para otras cosas. Enfoca a los judíos desde una perspectiva muy concreta: como posible presa de los instintos criminales de la horda anfitriona. Teme y quiere prevenir la repetición del crimen a gran escala, y quiere discutir los “valores europeos” y su caducidad. Como si fuera poco, confiesa su amor por la cultura alemana (justamente), su europeísmo y cierto antiamericanismo cultural. Este cocktail, nada llamativamente, le ha granjeado mas popularidad entre los lectores alemanes que entre los judíos. De nuevo, esto no es lo que esperábamos de un “sobreviviente”.

También entre los judíos húngaros Kertesz es problemático: ha osado relacionar los totalitarismos de Estado nazi y comunista, ha denunciado la genuflexión de los judios húngaros y su auto-odio, ha hablado mal de Hungría, se ha ido a vivir a Alemania, en fin, los ha puesto en aprietos frente a sus “compatriotas” gentiles. Kertesz sigue sin colaborar. No habla como un “judío”, no habla de “Judaísmo”, habla sólo de Auschwitz, compromete a sus hermanos... tal vez hasta tengan razón los húngaros (los gentiles) en odiarlo. Pero no, no tienen razón. Lo odian por antisemitas, y lo odian por decir la verdad sobre ellos. También lo odian por haber triunfado, como a cualquier mortal.

Kertesz es en definitiva, el “sobreviviente maldito”, el que no transige con lo que el mundo espera del sobreviviente. Pero justamente su intransigencia ha abierto un camino, el de la humanización de la víctima. Estamos de nuevo (o por primera vez) ante un humano, no en el sentido de que pertenece a la especie, sino de que posee una conciencia, es decir, un pasado, y una capacidad de nombrarse y narrarse. Un individuo (en Europa Oriental no es nunca un ciudadano) en conflicto con los otros, con los “suyos”, con sí mismo y con el lenguaje, cuya voz siempre está en riesgo de ser borrada por los diferentes registros lingüísticos dominantes (de la historiografía, de la burocracia, del kitch cinematográfico), y por supuesto, cuyo cuerpo siempre puede ser borrado de la faz de la tierra por los verdugos de turno. Pero un individuo pleno de palabra, y en el decir de Kertesz, de Destino.


Publicado por Desconocido @ 18:32  | Comentarios
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