Por:
Pablo Lerner
Quienes no hemos pasado por “épocas interesantes” (de
exterminio, de hambruna, de revolución) vamos al encuentro de la
narrativa del sobreviviente con ciertos presupuestos, casi a modo de
escudo. Algunos de estos presupuestos son del orden del “sentido
común”. Pensamos: ‘El sobreviviente ha tenido un “antes” y un “después”
de su pasaje por los campos de concentración’. ‘Los campos son la
experiencia más importante de la vida de esa persona, y le han dejado
una “enseñanza”’. Otros presupuestos tienden a la simplificación
narrativa. Por ejemplo: ‘Antes de los campos, esa persona era una
persona “normal”, que llevaba una vida “normal”’. Y hay presupuestos
que encierran una ilusión o una negación: ‘El sobreviviente vuelve al
mundo “real”, sin resquemores, para redimirlo con su testimonio’. Estas presunciones tienen todas algún asidero, incluso
para lidiar con Imre Kertesz. Y sin embargo, cuando uno como lector se
golpea con Kertesz (porque nadie se “encuentra” con Kertesz, uno se
tropieza con él, se lo lleva por delante, se da de frente contra
Kertesz como contra una puerta entreabierta), se tiene la sensación de
que las cosas empiezan a complicarse, porque Kertesz, por alguna razón
que no entendemos, no “habla” como debería, es decir, no habla como una
víctima redentora, sino que sus palabras contienen una acusación que de
algún modo nos incluye. Dice Tomás Abraham, con admiración, que Kertesz
es un hombre libre. Es verdad, y como lector he sentido la misma
admiración. Pero es esa misma libertad la que nos golpea.
Sencillamente, no la esperábamos. Pensemos en la presunción de “normalidad” de los que
llegan al Campo. Nos esforzamos por ver a esas personas como “normales”
porque reaccionamos contra la deshumanización que la propaganda
antijudía hacía y hace de ellos (y de nosotros). Ante la acusación de
deicidio, usura, arrogancia, avaricia y demás que nos propinan los
gentiles día por medio, y que justificaba (y justifica) el asesinato en
la mala conciencia gentil, nosotros, los judíos, construimos la imagen
de las futuras victimas sólo en función de su posible exculpación (como
si la necesitaran y como si sirviera de algo): un grupo de gente
“común”, hecho de buenos hijos y buenos padres, de vecinos ruidosos
pero amables, todos rociados de amor al propio pueblo, en fin,
construimos, para estar a tono con la ocasión, a los “judíos”. Pero esta construcción no nos ayuda, porque es imprecisa:
Los judíos fueron enviados a Auschwitz por ser judíos, pero cada uno de
ellos no era a sus propios ojos un “judío” o “solamente un judío”. Cada
uno tenía una conciencia de su ser en el mundo como individuo, e
interpretaba lo que le estaba pasando, incluyendo lo que hoy llamamos
la Shoá, en términos de su propia vida. Relacionaba los
acontecimientos, como es natural, con sus experiencias anteriores. Y
aún ante la perplejidad y el desánimo, debía intentar interpretar el
presente a la luz del pasado, de su pasado. En el caso de Kertesz, la experiencia de ser entregado por
sus “compatriotas” húngaros para ser exterminado por los alemanes, se
agrega a otra “entrega” anterior. Kertesz había sido enviado como
pupilo a un internado, siendo ésta la forma que sus padres habrían
encontrado de sacarse de encima al único hijo de un matrimonio que se
disolvía. Aquí cualquier persona cabal debe interrumpir la lectura y
elevar la voz: Cómo se puede comparar una deportación hacia la muerte
con un divorcio y un internado? Nuevamente, a posteriori la comparación
resulta ridícula. Pero para el adolescente que era Kertesz, la segunda
“deportación” debe haber encajado perfectamente en la primera. Hay una
simetría en la solemnidad de las decisiones, en los eufemismos, en el
trasladarse, en los códigos carcelarios del nuevo lugar... y por
sobretodo en la sensación de abandono y de estar librado a uno mismo.
Kertesz va a Auschwitz como hijo de un divorcio, y aquí encontramos la
primera piedra en nuestro camino de presunciones. Él no era una persona
“normal”. Tenía pasado y sabía algo. A la “anormalidad” familiar, y su resultado enajenante
(aunque quizás provechoso para lo que le esperaba), Kertesz le suma
posteriormente la enajenación de su propio nombre. Dice abiertamente lo
que muchos otros sentimos sin poder admitir: que odia su nombre. Así de
simple, lo odia. Al fin y al cabo porqué habría de gustarle? El nombre
“Kertesz” (“Jardinero” en húngaro) es la hungarización de algún otro
nombre presuntamente alemán que es a su vez una traducción de uno
hebreo que se perdió. El nombre de pila “Imre” es un típico nombre
húngaro que no tiene nada de judío. El nombre completo “Kertesz, Imre”
(porque los húngaros ponen primero el apellido y después el nombre) es
algo así como llamarse Juán Pérez. La relación entre los judíos y sus nombres es en sí
compleja. Los judíos recordamos a las victimas de la Shoá
restituyéndoles su nombre, nuevamente en oposición a la travesura
gentil de borrárselo y darles un número tatuado en el brazo. Los
nombres de las víctimas están grabados en las hojas del “Árbol de la
Vida”, el monumento recordatorio en forma de sauce que los judíos
húngaros han dispuesto en el patio de la sinagoga de la calle Dohany,
en Budapest. Y como es sabido, Yad Vashem ha destinado gran esfuerzo a
reconstruir la identidad de las victimas, por respeto a ellas y quizás
también como prueba de su existencia, es decir, como descargo. Pero
entre tantos nombres, no nos atrevemos a preguntarnos qué significado
tienen para nosotros. Un apellido no hebreo en un judío acarrea siempre una
incomodidad fónica. Todo nombre traducido es algo sospechoso, algo que
se dice y se oye con reservas, se acepta provisoriamente a falta de
algo mejor, y puede sucumbir en cualquier momento ante la ironía o la
denuncia. Nuestros apellidos no se corresponden con el paisaje sonoro
del lugar en que nacimos, y a menudo no se llevan bien con nuestro
nombre de pila. Los nombres hungarizados, como “Kertesz”, se pronuncian
con suprema suspicacia. Por los judíos, por temor a ser reconocidos
como tales, y por los gentiles -como el lector avezado adivina- por
antisemitismo. Kertesz descubrió en su nombre un instrumento de
confusión y control foráneo sobre su persona. Su falta de estima para
con el nombre que le fue legado no es un rasgo de auto-odio sino de
amor propio. Como vemos, tanto en la historia familiar de Kertesz como
en su relación con su propio nombre, nos encontramos en el terreno
incómodo del desapego a lo heredado (y por ende con la pregunta de qué
es lo propio), con la presencia “natural” de lo absurdo (de un nombre,
de un nacimiento en el exilio, de un abandono), en fin, con una
incomodidad vital del prisionero previa a la experiencia de los campos.
La persona no llega a los campos sin historia, y los campos se agregan
a otras experiencias anteriores, algunas traumáticas. El testimonio (la
propia palabra es engañosa, habría que decir la “exposición&rdquo Esta posición de no colaboración, que es una
auto-emancipación, funciona como una mano generosa tendida por Kertesz
hacia el lector judío. Me parece importante destacarlo porque la obra
de Kertesz no ha despertado empatía en algunos de sus hermanos. Es
difícil precisar porqué, aunque tal vez la respuesta esté en la
libertad intelectual del autor. Es cierto que la discusión de la
temática judía en su obra (incluyendo los diarios) es escasa y carente
de color -y calor- local. Kertesz viene de una familia asimilada. Por
lo tanto no es extraño que el papel de “lo judío”, en atmósfera y
bagaje cultural, sea pequeño en sus libros. Para Kertesz, “lo judío”
tal vez ni siquiera exista como categoría. Y si hubiera una parte de la
existencia de Kertesz que fuera “lo judío”, todavía quedaría el
problema de cómo se relaciona con “lo literario”, con su
representación. Kertesz no es un escritor de “temas judíos” ni un
retratista de la vida comunitaria. Lo que aparece en su obra es una
reflexión sobre la experiencia judía entre los gentiles. Es la
experiencia de la negatividad, de la definición de las cosas por lo que
no son, del miedo y del odio -del miedo al odio-, de la no pertenencia
y de la búsqueda del sentido. Y es -como dije- sobre todo la
experiencia de la no colaboración con el discurso falsificador y
difamatorio. Esta experiencia no desemboca sin embargo en ninguna
ideología. Kertesz no es un ideólogo ni un reformador moral, y en
rigor, no se dirige a nadie. Ni siquera le habla “a los judíos”. Aunque
quiere a Israel y a los judíos y se identifica con su destino, no es
sionista ni diasporista, no tiene ningún mensaje concreto ni plan de
acción, él es un literato, no está para otras cosas. Enfoca a los
judíos desde una perspectiva muy concreta: como posible presa de los
instintos criminales de la horda anfitriona. Teme y quiere prevenir la
repetición del crimen a gran escala, y quiere discutir los “valores
europeos” y su caducidad. Como si fuera poco, confiesa su amor por la
cultura alemana (justamente), su europeísmo y cierto antiamericanismo
cultural. Este cocktail, nada llamativamente, le ha granjeado mas
popularidad entre los lectores alemanes que entre los judíos. De nuevo,
esto no es lo que esperábamos de un “sobreviviente”. También entre los judíos húngaros Kertesz es problemático:
ha osado relacionar los totalitarismos de Estado nazi y comunista, ha
denunciado la genuflexión de los judios húngaros y su auto-odio, ha
hablado mal de Hungría, se ha ido a vivir a Alemania, en fin, los ha
puesto en aprietos frente a sus “compatriotas” gentiles. Kertesz sigue
sin colaborar. No habla como un “judío”, no habla de “Judaísmo”, habla
sólo de Auschwitz, compromete a sus hermanos... tal vez hasta tengan
razón los húngaros (los gentiles) en odiarlo. Pero no, no tienen razón.
Lo odian por antisemitas, y lo odian por decir la verdad sobre ellos.
También lo odian por haber triunfado, como a cualquier mortal. Kertesz es en definitiva, el “sobreviviente maldito”, el
que no transige con lo que el mundo espera del sobreviviente. Pero
justamente su intransigencia ha abierto un camino, el de la
humanización de la víctima. Estamos de nuevo (o por primera vez) ante
un humano, no en el sentido de que pertenece a la especie, sino de que
posee una conciencia, es decir, un pasado, y una capacidad de nombrarse
y narrarse. Un individuo (en Europa Oriental no es nunca un ciudadano)
en conflicto con los otros, con los “suyos”, con sí mismo y con el
lenguaje, cuya voz siempre está en riesgo de ser borrada por los
diferentes registros lingüísticos dominantes (de la historiografía, de
la burocracia, del kitch cinematográfico), y por supuesto, cuyo cuerpo
siempre puede ser borrado de la faz de la tierra por los verdugos de
turno. Pero un individuo pleno de palabra, y en el decir de Kertesz, de
Destino.
del
sobreviviente se vuelve compleja, sospechosa: no se ajusta al género
testimonial, no va “a los hechos”, en fin, el sobreviviente “no
colabora”. Pero según yo lo entiendo, el eje vital y artístico de
Kertesz es justamente ése: no colaborar. No colaborar con las
narrativas que falsifican su experiencia (vengan de donde vengan, del
Partido Comunista, de los gentiles, o de Steven Spielberg), no
colaborar con la categorización y la expectativa del otro.