Por:
Pablo Lerner
Imre Kertesz, cuya lengua natal es el húngaro, decidió (la propia palabra tiene un valor relativo) no abandonar Hungría
durante cincuenta años por su condición de escritor “en húngaro” (ya
que no “húngaro&rdquo Esta “naturalidad”, por supuesto, tiene sus bemoles. Yosef
Haim Brenner, el escritor hebreo de comienzos del siglo XX, escribió en
esa lengua sus dos primeras novelas viviendo en Lvov y Londres, antes
de emigrar a Palestina, es decir sin ningún público lector numeroso a
la vista. Y hoy en día, con el auge de las comunicaciones (y de las
migraciones), el hecho de que un escritor escriba en una lengua que no
es la de su entorno inmediato es algo habitual. Pero hay una diferencia
entre Brenner, por seguir con el ejemplo, y Kertesz. El primero
escribía mirando “hacia adelante”, hacia una experiencia nacional que
estaba en el futuro (incluso cuando ese futuro era mirado con
pesimismo). Desde esa perspectiva, lo que escribiera en
el exilio podía siempre ser el alba de lo que siguiera en Eretz Israel.
Kertesz, en cambio, miraba “hacia atrás”, no quería abrir un capítulo
sino cerrarlo, y ese ajuste de cuentas con la realidad (y con sus “compatriotas&rdquo A
pesar de residir y publicar en Hungría, el lugar de Kertesz dentro de
la literatura húngara, antes de recibir el Premio Nobel en 2002, era
inexistente. Hoy en día ese lugar es marginal y
molesto, otra “provocación” judía contra el sufrido pueblo magyar. Es
cierto que el escritor húngaro contemporáneo más importante, Peter
Esterházy, reconoce a Kertesz y ha escrito incluso un relato basado en
su cuento “Expediente”. Pero la situación básica no cambia por ello:
Kertesz, como autor “monotemático” (el tema sería Auschwitz) no habla
“como húngaro” ni “para los húngaros” sino más bien contra ellos. Y sin
embargo, Kertesz no sólo dice gustar de la lengua húngara, sino también
de la literatura de “su” país. Admira la prosa simbolista de Gyula
Krudy y la reflexión aristocratizante de Sándor Márai (ambos gentiles).
Lee con atención las memorias del liberal conde Szécheny. Se diría incluso que se identifica más con estos autores “húngaros” que con los escritores judíos ultra-magyares Antal Szerb (novelista e historiador de la literatura) y Miklós Radnóti (poeta)
-ambos fueron asesinados por los nazis húngaros después de haber jurado
en vano una y mil veces lealtad a la patria-, de los que habla con
cierta causticidad, la misma que reserva a los judíos comunistas Béla Balazs (teórico del cine) y Gyorgy Lukács (filósofo del arte). En
cualquier caso, Kertesz no es ajeno a la producción cultural de
Hungría, ni pasada ni presente. Si bien frecuenta en sus lecturas la
lengua y la filosofía alemana, no busca exiliarse “culturalmente” de Hungría: se
sabe exiliado por judío, sabe que “no le compete a él” exiliarse, la
decisión ya ha sido tomada por otros. Y aún así actúa sin despecho,
como muestra una entrada de sus diarios: “La importancia de la tradición. No alcanza con no pertenecer. Es necesario saber exactamente a donde no pertenecemos”. La
distancia con la lengua húngara, entonces, no es una distancia para con
el idioma ni con la tradición, sino una distancia para con el uso
falsificador del lenguaje que hace el Poder (a través del lenguaje
burocrático, policial, propagandístico) y su extensión a los hablantes singulares como efecto del miedo, el odio (y auto-odio) y la costumbre.
Tanto en la forma oral como en la escrita, el mundo que rodea a Kertesz
es un mundo que falsifica y difama mediante la corrupción y el
anquilosamiento de las palabras, un mundo que nunca parece encontrar
“la palabra apropiada” para nada, y que por ello se debate en
interminables rodeos y aclaraciones. Un mundo de funcionarios
“intachables” y expedientes con interminables
apartados e incisos (cuyas consecuencias suelen ser letales). Es un
mundo lleno de mala conciencia, que no puede comunicar directamente su
ansia destructora. La ley de ese mundo (que, recordemos, es el mundo antisemita y totalitario de un país de Europa del Este) es entonces el
eufemismo, la palabra sustitutiva, y la violación de la ley es,
simplemente, la palabra del odio, el llamado a la discriminación, al
asesinato, a Auschwitz. El lenguaje de las cruces flechadas (los nazis húngaros) respondería a esta violación de la ley, mientras
que el lenguaje del comunismo (y de la actual derecha populista
húngara), permanecería dentro del marco del eufemismo: los comunistas
no denunciaban “judíos” sino “agentes del sionismo”, y la actual
derecha húngara se refiere a los “extraños”, a los “especuladores”, a los “cosmopolitas sin raíces” para referirse -una vez más- a nosotros, los judíos. Kertesz no pierde demasiado tiempo en desmontar la difamación antisemita ni en profundizar en estos eufemismos. Da por sentada la mala fe con que son formulados, y esa mala fe le da nauseas. Lo que le interesa, en cambio, es el lenguaje con el que la gente (y en especial los intelectuales) escapa de sí misma. Así, cuando estos intelectuales dicen que “creían” en el régimen comunista, Kertesz
se pregunta por el significado del verbo “creer”. De manera análoga,
cuando los alemanes vecinos a Auschwitz decían que no “sabían” lo que
estaba ocurriendo, Kertesz se pregunta por el significado del verbo
“saber”. En ambos casos los verbos carecen de sentido, son comodines,
soluciones de compromiso con la memoria y la conciencia. No tienen
valor de verdad, sino que evidencian una moral acomodaticia y una falta de auto-examen. Le interesa también a Kertesz la posibilidad de explotar estéticamente el lenguaje falsificador del Poder, en especial el lenguaje de
la burocracia, el lenguaje conmemoratorio, el lenguaje protocolar y el
lenguaje de la policía secreta. Excepto este último, los otros tres
registros tienen una larga tradición en Hungría (pensemos en el Imperio
Austro-Húngaro), pero después de Auschwitz -a la luz de Auschwitz- su legitimidad, a oídos de Kertesz, es nula. Peor
que eso: Se revelan para el autor esencialmente como discursos de
ocultamiento, facilitadores del programa criminal de turno. Los diarios de Kertesz (“Diario de la Galera”, y esa suerte de diario de viaje que es “Yo, Otro&rdquo La novela “Sin Destino”, donde Kertesz ficcionaliza su experiencia en los campos, presenta también un “trasvasamiento del lenguaje”: donde esperamos un lenguaje épico, dramático
o sentimental, encontramos un lenguaje despojado que linda con la
abulia. Nuevamente debemos ver en esta elección un elemento reactivo,
en este caso contra un Poder (el régimen comunista) que quiere revestir
a Auschwitz de un tono de epopeya antifachista, hacer de Auschwitz una
historia desjudeizada, ocultando la verdadera naturaleza del evento: una gigantesca maquinaria totalitaria, enferma de irracionalismo antisemita y al mismo tiempo lo suficientemente racional como para operar burocráticamente. Vemos entonces que la obra de Kertesz no es en primer lugar una
lucha por la expresión de ciertos contenidos o valores sino una lucha
por la forma, por el registro adecuado, por la palabra no condicionada.
Hemos visto que la palabra estaba condicionada por su uso (su
manipulación) oficial. Pero podemos preguntarnos hasta qué punto no
existía para Kertesz un problema “mayor” con la propia lengua húngara, incluso en su uso no oficial, por su condición de judío. Veamos: Una
lengua es un sistema de signos afectivizado. Los afectos (y
principalmente los odios) de dicha nación se incrustan en las palabras
de esa lengua hasta tornarse parte inseparable de ellas (“zsidó” sería
un ejemplo extremo). Hablar una lengua gentil, pensar en ella, sentir
en ella, es una pequeña vergüenza que un judío diaspórico no desea
confesar ni a sí mismo. Los intentos por apropiarse de una lengua
gentil, confitándola de palabras en ídish o hebreo, sólo prueban que,
hospedados en casa ajena, buscamos decorar nuestro cuarto con los pocos
adornos que cabían en la valija. Creo
que Kertesz tenía conciencia de que su hospedaje en Hungría no difería
de su hospedaje en la lengua húngara. Aún así, tuvo la humildad de
confesar su amor a esa lengua que no le pertenecía. Ignoro que habrá
sentido Kertesz al ser traducido al hebreo. Decía Agnón que una obra
escrita por un judío en cualquier idioma que no fuera el hebreo, sólo
podía “estar bien guardada” al ser traducida a la lengua santa. Me gustaría saber qué le contestaría Kertesz. Él sabía que escribía en una lengua minoritaria, el húngaro, una
lengua no indo-europea que casi nadie -excepto los propios húngaros-
entiende. Desde el vamos apostó a la traducción, en especial a la
traducción al alemán. Pero no creo que le preocupase estar “bien
guardado”. Intuyo que siempre supo que la
experiencia de la Diáspora debía ser escrita en una lengua no judía, y
que así como la batalla de la supervivencia judía en la diáspora se
libra en campo ajeno, la batalla por la palabra no condicionada, por la
palabra genuina y digna, también sería en lengua ajena.
. Su “atadura” al lugar era la lengua húngara, una
lengua a la que llamaba “extranjera y materna”. No podía sino sentirse “huésped” en una lengua hablada mayoritariamente por antisemitas, en la cual la palabra “zsidó” (“judío&rdquo
es casi un insulto, y en la que existe incluso un verbo, “zsidozni”, que significa (con un matiz travieso, inocente) “hablar mal de los judíos”. Y
sin embargo, como escritor, sólo podía escribir en húngaro, y la manera
“natural” de hacerlo (y de publicar lo que escribía) era permanecer en Hungría.
debía ser in situ.
están llenos de itálicas y comillas, en una especie de batalla tipográfica por expurgar al lenguaje de sus expresiones engañosas.
Lo mismo ocurre en la primera parte de la novela “Fiasco” (“A kudarc”,
en el original húngaro, es decir “El fracaso&rdquo
, que está plagada de paréntesis, en lo que sería una parodia a los expedientes policiales, a
la necesidad de aclaración constante frente a la posible acusación. El
intento insano de exactitud mediante el uso de paréntesis aclaratorios
redunda en un efecto a la vez exasperante y cómico.