viernes, 24 de octubre de 2008

El mundo entre comillas

Por: Pablo Lerner

Un judío puede abandonar la Diáspora, pero no puede abandonar su lengua natal. Esto es una obviedad (cualquiera que haya vivido en Israel lo sabe). Sin embargo, cabe preguntarse: Qué queremos decir con “abandonar su lengua natal”? En rigor, la persona “que huye de su lengua” puede dejar de hablarla, y si es escritor, puede incluso dejar de escribir en ella. Dejar de escucharla ya no depende sólo de su voluntad, pero con las debidas precauciones, es posible. Lo que es imposible es dejar de pensar en la lengua natal. Y no sólo pensar. También sentir. Como explica el escritor checo Milan Kundera (un emigrado lingüístico al francés), uno sólo puede sentir verdadero pudor en la lengua natal. Los insultos y el lenguaje de la intimidad pierden su aura al ser pronunciados en otra lengua que no sea la materna.

Imre Kertesz, cuya lengua natal es el húngaro, decidió (la propia palabra tiene un valor relativo)  no abandonar  Hungría durante cincuenta años por su condición de escritor “en húngaro” (ya que no “húngaro&rdquoGuiño. Su “atadura” al lugar era la lengua húngara, una lengua a  la que llamaba “extranjera y materna”. No podía sino sentirse “huésped” en una lengua hablada mayoritariamente por antisemitas,   en la cual la palabra “zsidó” (“judío&rdquoGuiño es casi un insulto, y en la  que existe incluso un verbo, “zsidozni”, que significa (con un matiz travieso, inocente) “hablar mal de los judíos”.  Y sin embargo, como escritor, sólo podía escribir en húngaro, y la manera “natural” de hacerlo (y de publicar lo que escribía) era permanecer en  Hungría.

 

Esta “naturalidad”, por supuesto, tiene sus bemoles.  Yosef Haim Brenner, el escritor hebreo de comienzos del siglo XX, escribió en esa lengua sus dos primeras novelas viviendo en Lvov y Londres, antes de emigrar a Palestina, es decir sin ningún público lector numeroso a la vista. Y hoy en día, con el auge de las comunicaciones (y de las migraciones), el hecho de que un escritor escriba en una lengua que no es la de su entorno inmediato es algo habitual. Pero hay una diferencia entre Brenner, por seguir con el ejemplo, y Kertesz. El primero escribía mirando “hacia adelante”, hacia una experiencia nacional que estaba en el futuro (incluso cuando ese futuro era mirado con pesimismo). Desde esa perspectiva, lo que escribiera  en el exilio podía siempre ser el alba de lo que siguiera en Eretz Israel. Kertesz, en cambio, miraba “hacia atrás”, no quería abrir un capítulo sino cerrarlo, y ese ajuste de cuentas con la realidad  (y con sus “compatriotas&rdquoGuiño debía ser in situ.

 

A pesar de residir y publicar en Hungría, el lugar de Kertesz dentro de la literatura húngara, antes de recibir el Premio Nobel en 2002, era inexistente. Hoy en día ese lugar es  marginal y molesto, otra “provocación” judía contra el sufrido pueblo magyar. Es cierto que el escritor húngaro contemporáneo más importante, Peter Esterházy, reconoce a Kertesz y ha escrito incluso un relato basado en su cuento “Expediente”. Pero la situación básica no cambia por ello: Kertesz, como autor “monotemático” (el tema sería Auschwitz) no habla “como húngaro” ni “para los húngaros” sino más bien contra ellos.

 

Y sin embargo, Kertesz no sólo dice gustar de la lengua húngara, sino también de la literatura de “su” país. Admira la prosa simbolista de Gyula Krudy y la reflexión aristocratizante de Sándor Márai (ambos gentiles). Lee con atención las memorias del liberal conde Szécheny.  Se diría incluso que se identifica  más con estos autores “húngaros” que  con los escritores judíos ultra-magyares Antal Szerb (novelista e historiador de la literatura) y  Miklós Radnóti  (poeta) -ambos fueron asesinados por los nazis húngaros después de haber jurado en vano una y mil veces lealtad a la patria-, de los que habla con cierta  causticidad, la misma que reserva a  los judíos comunistas  Béla Balazs (teórico del cine) y Gyorgy  Lukács (filósofo del arte).

 

En cualquier caso, Kertesz no es ajeno a la producción cultural de Hungría, ni pasada ni presente. Si bien frecuenta en sus lecturas la lengua y la filosofía alemana,  no busca exiliarse “culturalmente” de Hungría:  se sabe exiliado por judío, sabe que “no le compete a él” exiliarse, la decisión ya ha sido tomada por otros. Y aún así actúa sin despecho, como muestra una entrada de sus diarios:  “La importancia de la tradición. No alcanza con no pertenecer. Es necesario saber exactamente a donde no pertenecemos”.

 

La distancia con la lengua húngara, entonces, no es una distancia para con el idioma ni con la tradición, sino una distancia para con el uso falsificador del lenguaje que hace el Poder (a través del lenguaje burocrático, policial,  propagandístico) y su extensión a  los hablantes singulares como efecto del miedo, el odio (y auto-odio) y la  costumbre. Tanto en la forma oral como en la escrita, el mundo que rodea a Kertesz es un mundo que falsifica y difama mediante la corrupción y el anquilosamiento de las palabras, un mundo que nunca parece encontrar “la palabra apropiada” para nada, y que por ello se debate en interminables rodeos y aclaraciones. Un mundo de funcionarios “intachables” y  expedientes con interminables apartados e incisos (cuyas consecuencias suelen ser letales). Es un mundo lleno de mala conciencia, que no puede comunicar directamente su ansia destructora.

 

La ley de ese mundo (que, recordemos,  es el mundo antisemita y totalitario de un país de Europa del Este) es entonces  el eufemismo, la palabra sustitutiva, y la violación de la ley es, simplemente, la palabra del odio, el llamado a la discriminación, al asesinato, a Auschwitz.  El lenguaje de las cruces flechadas (los nazis húngaros) respondería a esta violación de la ley,  mientras que el lenguaje del comunismo (y de la actual derecha populista húngara), permanecería dentro del marco del eufemismo: los comunistas no denunciaban “judíos” sino “agentes del sionismo”, y la actual derecha húngara se refiere a los “extraños”, a  los “especuladores”, a los “cosmopolitas sin raíces” para referirse -una vez más- a nosotros, los judíos.

 

Kertesz no pierde demasiado  tiempo en desmontar la difamación antisemita ni en profundizar en  estos eufemismos. Da por sentada la mala fe  con que  son formulados, y esa mala fe le da  nauseas.  Lo que le interesa, en cambio, es el lenguaje con el que la gente (y en especial los intelectuales)  escapa de sí misma. Así, cuando estos intelectuales dicen que “creían” en el régimen comunista,  Kertesz se pregunta por el significado del verbo “creer”. De manera análoga, cuando los alemanes vecinos a Auschwitz decían que no “sabían” lo que estaba ocurriendo, Kertesz se pregunta por el significado del verbo “saber”. En ambos casos los verbos carecen de sentido, son comodines, soluciones de compromiso con la memoria y la conciencia. No tienen valor de verdad, sino que evidencian  una moral acomodaticia y una falta de auto-examen.

 

Le interesa también a Kertesz  la posibilidad de explotar estéticamente el  lenguaje falsificador del Poder, en especial  el lenguaje  de la burocracia, el lenguaje conmemoratorio, el lenguaje protocolar y el lenguaje de la policía secreta. Excepto este último, los otros tres registros tienen una larga tradición en Hungría (pensemos en el Imperio Austro-Húngaro), pero después de Auschwitz -a la luz de Auschwitz-   su legitimidad, a oídos de Kertesz, es nula.  Peor que eso: Se revelan para el autor esencialmente como discursos de ocultamiento, facilitadores del programa criminal de turno.  Los diarios de Kertesz (“Diario de la Galera”,  y  esa suerte de diario de viaje que es “Yo, Otro&rdquoGuiño están llenos de itálicas y comillas, en una especie de batalla  tipográfica por  expurgar al lenguaje de sus expresiones  engañosas. Lo mismo ocurre en la primera parte de la novela “Fiasco” (“A kudarc”, en el original húngaro, es decir “El fracaso&rdquoGuiño, que  está plagada de paréntesis,  en lo que sería una parodia a los expedientes policiales,  a la necesidad de aclaración constante frente a la posible acusación. El intento insano de exactitud mediante el uso de paréntesis aclaratorios redunda en un efecto a la vez exasperante y cómico.

 

La novela “Sin Destino”, donde  Kertesz  ficcionaliza su experiencia en los campos, presenta también un “trasvasamiento del lenguaje”: donde esperamos un lenguaje épico,  dramático o sentimental, encontramos un lenguaje despojado que linda con la abulia. Nuevamente debemos ver en esta elección un elemento reactivo, en este caso contra un Poder (el régimen comunista) que quiere revestir a Auschwitz de un tono de epopeya antifachista, hacer de Auschwitz una historia desjudeizada, ocultando la verdadera naturaleza  del evento: una gigantesca maquinaria totalitaria,  enferma de irracionalismo  antisemita y al mismo tiempo lo suficientemente racional como para operar burocráticamente.

 

Vemos entonces que la obra de Kertesz no es en primer lugar  una lucha por la expresión de ciertos contenidos o valores sino una lucha por la forma, por el registro adecuado, por la palabra no condicionada. Hemos visto que la palabra estaba condicionada por su uso (su manipulación) oficial. Pero podemos preguntarnos hasta qué punto no existía para Kertesz un problema “mayor”  con la propia lengua húngara,  incluso en su uso no oficial,  por su condición de judío. Veamos:  Una lengua es un sistema de signos afectivizado. Los afectos (y principalmente los odios) de dicha nación se incrustan en las palabras de esa lengua hasta tornarse parte inseparable de ellas (“zsidó” sería un ejemplo extremo). Hablar una lengua gentil, pensar en ella, sentir en ella, es una pequeña vergüenza que un judío diaspórico no desea confesar ni a sí mismo. Los intentos por apropiarse de una lengua gentil, confitándola de palabras en ídish o hebreo, sólo prueban que, hospedados en casa ajena, buscamos decorar nuestro cuarto con los pocos adornos que cabían en la valija.

 

Creo que Kertesz tenía conciencia de que su hospedaje en Hungría no difería de su hospedaje en la lengua húngara. Aún así, tuvo la humildad de confesar su amor a esa lengua que no le pertenecía. Ignoro que habrá sentido Kertesz al ser traducido al hebreo. Decía Agnón que una obra escrita por un judío en cualquier idioma que no fuera el hebreo, sólo podía “estar bien guardada” al ser traducida a la lengua santa.  Me gustaría saber qué le contestaría Kertesz.  Él sabía que escribía en una lengua minoritaria, el húngaro,  una lengua no indo-europea que casi nadie -excepto los propios húngaros- entiende. Desde el vamos apostó a la traducción, en especial a la traducción al alemán. Pero no creo que le preocupase estar “bien guardado”. Intuyo que siempre supo que  la experiencia de la Diáspora debía ser escrita en una lengua no judía, y que así como la batalla de la supervivencia judía en la diáspora se libra en campo ajeno, la batalla por la palabra no condicionada, por la palabra genuina y digna, también sería en lengua ajena. 


Publicado por Desconocido @ 18:30  | Articulos
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