Por:
Maximiliano Borches
La visita del presidente boliviano a Irán,
lamentablemente, empaña la imagen de un presidente que de verdad,
representa el tan ansiado cambio en América Latina, y abona a la
confusión ideológica. Cada pueblo, cada Nación, es soberana y tiene el
Derecho –por lo tanto- de ejercer libremente sus políticas de alianzas
y amistades. Por lo tanto, las elecciones que toman los distintos
gobiernos para definir con quien comerciar, estrechar relaciones o
romperlas, parten de las necesidades estratégicas que les son impuestas
por sus propios intereses. Este es el caso de Bolivia, al igual que el del resto
de los países del mundo, que en su actual etapa de gobierno –y luego de
haberse reafirmado en el poder, tras el exitoso referéndum revocatorio
de agosto pasado- eligió estrechar sus relaciones diplomáticas,
comerciales y políticas, con uno de los países más cuestionados del
presente: la teocrática República Islámica de Irán. Al gobierno encabezado por el presidente persa,
Mahmoud Ahmedinejad, la breve visita de tres días de su par boliviano,
le dio un poco de oxígeno ante el creciente aislamiento que en los
últimos tiempos viene sufriendo esta Nación, por negarse
–principalmente- a blanquear su programa de enriquecimiento de uranio,
que tiene como fin último, facilitar el ingreso de Irán, al selecto
"club" de países con capacidad nuclear-militar. En el mes de septiembre de 2007, el presidente
Ahmedinejad, tras su corta estadía de apenas algunas horas en Bolivia,
se comprometió a invertir en ese país, u$s 1.000 millones en los
próximos cinco años, en proyectos relacionados con la explotación de
hidrocarburos y otros también de alcance estratégico, como la creación
de medios masivos de comunicación, en particular radios y una estación
de TV, entre otros. De lograrse estos acuerdos, entrarán en la historia
del pequeño país sudamericano, como una de las inversiones extranjeras
más importantes de los últimos tiempos, que beneficiará al país
mediterráneo en el corto plazo, ya que la misma, a su vez, minará las
futuras inversiones de los países occidentales, dejando a Bolivia en la
encrucijada de no poder dar un verdadero salto en su modernización y en
su apertura al resto de los Mercados de mayor importancia. De la mano del presidente venezolano Hugo Chávez,
Irán ha reforzado sus lazos con Nicaragua, Bolivia y Ecuador. En enero
de 2007, Nicaragua restableció relaciones diplomáticas con Irán tras 16
años de interrupción y, en abril de 2007, el presidente del país
centroamericano, Daniel Ortega, oficializó su apoyo al programa de
enriquecimiento de uranio iraní. Teherán aprovechó la ocasión para
manifestar su interés en invertir en Nicaragua, donde se comprometió a
apoyar más de 30 proyectos económicos, energéticos y sociales,
fundamentalmente en generación hidroeléctrica, un área crítica para el
Gobierno sandinista, apremiado por la amenaza de una crisis energética. Bolivia, en tanto, ratificó en septiembre de 2007 su
alianza con Irán, basada en su común oposición a EEUU. Ambos Gobiernos
firmaron un plan de cooperación por u$s 1.000 millones para los
próximos cinco años. Ante las críticas de la oposición interna, Morales
se ha sentido obligado a defender su decisión "soberana" de abrir
relaciones con Irán y ha calificado de "compañero revolucionario y
hermano" a Ahmadineyad. Especulando con las razones del interés iraní
en Bolivia, algunas fuentes diplomáticas han apuntado a los yacimientos
de materiales radiactivos. El diario La Prensa afirmó que los acuerdos
bilaterales pueden incluir la explotación de litio y uranio en Potosí
pero el Ministerio de Minería lo ha negado. Sin embargo, lo central
pasa por el objetivo iraní de aumentar su círculo de amigos, y así la
atención de Irán en Bolivia se relaciona con la amistad entre los
presidentes Chávez y Morales y en el lobby venezolano en Bolivia. En
esta misma línea se encuadra la visita de Ahmadineyad a Ecuador, en
enero de 2007, para asistir a la asunción del presidente ecuatoriano
Rafael Correa. Con anterioridad a Venezuela, Cuba fue el principal
aliado de Irán en la región, ya que ambos compartían una agenda
anti-estadounidense y se enfrentan a sanciones impuestas por EEUU. Cuba
e Irán establecieron relaciones diplomáticas en 1979, el año de la
revolución islámica. En mayo de 2001, Fidel Castro visitó Irán por
primera vez y entonces afirmó sentirse como en casa y alabó la lucha
antiimperialista iraní. Cuba se ha unido a Venezuela para defender "el
derecho inalienable" de Irán de acceder a la energía nuclear. En la
votación de febrero de 2006, en el Organismo Internacional de Energía
Atómica (OIEA), Cuba fue uno de los tres países que votaron contra la
resolución sobre el programa nuclear iraní, lo que Ahmadineyad
agradeció públicamente. La relación entre Argentina e Irán está marcada por
el caso AMIA. En julio de 1994 un atentado terrorista, destruyó La
Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), arrojando un funesto
saldo de 85 personas muertas y más de 200 heridos. Dos años antes una
explosión similar había destruido la embajada de Israel en Buenos
Aires. Los fiscales argentinos han confirmado la responsabilidad
directa de la organización terrorista libanesa chiita, Hezbolá y de
altas autoridades iraníes como responsables intelectuales del ataque y
pidieron a Interpol la captura de una serie de ex altos dirigentes
iraníes, lo que acentuó la tensión entre los dos países. Durante el gobierno del ex presidente Néstor
Kirchner, la conflictividad entre Buenos Aires y Teherán quedó patente
cuando Néstor Kirchner no asistió a la asunción del presidente
ecuatoriano Rafael Correa para no encontrarse en Quito con Ahmadineyad.
En Asamblea General de la ONU del año 2007, el entonces presidente
argentino utilizó su discurso para pedir que Irán colabore en la
investigación del atentado, lo que no cayó nada bien en el Gobierno de
Teherán que respondió duramente. La duda en este punto es cuál sería la
actitud del Gobierno de Kirchner ante Irán de no mediar el caso AMIA y
la postura militante de la comunidad judía local. Lejos de ser un "aliado de los gobiernos de izquierda
y/o progresistas del mundo", Irán es el principal financista de los
grupos terroristas Hezbollah (en el Líbano) y Hamas (en la Franja de
Gaza). Además facilita las acciones, no menos salvajes, de distintos
grupos chiitas en Irak, que hasta el momento, se han cobrado la vida de
miles de civiles en atentados terroristas de la peor calaña. ¿Por qué, entonces, es visto por ciertos países de
Sudamérica, como un aliado "revolucionario"? Por la sencilla razón que
impone la vieja máxima: "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", que en
la mayoría de los casos, se presenta como el verbo de un breve
pensamiento, arropado de miopía política. Sólo basta como referencia a
esta antigua máxima, el apoyo político que el IRA irlandés le brindó a
Hitler cuando llevaba a cabo los bombardeos sobre Londres, durante la
Segunda Guerra Mundial. Por estos motivos, y lejos de representar los
intereses supremos de los pueblos a ser libres y soberanos (¿en que
situación se encuentran las mujeres en Irán, y todo aquel que intenta
ser opositor al régimen teocrático?) la Nación persa, es la expresión
del oscurantismo más peligroso. Por tal motivo, es lamentable ver como ciertos
gobiernos que de verdad, se presentan como los adalides del cambio
progresista en Sudamérica –como el caso del presidente indigenista Evo
Morales- caen en esta trampa dialéctica que persigue intereses aún
mayores que las cantidades de dinero prometidas para llevar a cabo
distintas inversiones. Estos intereses, por sobre todo, intentan imponer el
fascismo y el autoritarismo y lejos de pelear contra la opresión de los
pueblos, buscan reeditar la opresión y la muerte. Sino, como último ejemplo, basta con recordar las
sistemáticas negaciones que del Holocausto realiza el presidente de
Irán, en cuanta oportunidad se le presente. ¿De qué estamos hablando?Irán mira a América
¿Qué intereses representa Irán?