Por:
Alicia Benmergui
La Historia como tal pertenece al campo de las
Ciencias Sociales, los historiadores legitiman sus hipótesis de trabajo
y las conclusiones a las que llegan a través de pruebas documentales
con las que intentan demostrar la validez de sus argumentaciones. En los tiempos que corren la banalización y la
trivialización en temas importantísimos son moneda corriente. A través
del notable perfeccionamiento de los medios de comunicación circulan
todo tipo de noticias y temas totalmente carentes de verosimilitud a
las que se añade la idea de consumo también de productos culturales de
venta fácil y rápida. Las consecuencias serán cada vez más evidentes con el paso del tiempo. En esta entrevista es visible que Sand formula una
serie de opiniones carentes de fundamento y en otros casos de verdades
a medias mezcladas con falsas aserciones provocando una situación
ambigua. La gente que desconoce el tema supondrá que lo dicho por el
escritor tiene el fundamento de la verdad por los antecedentes de quien
lo afirma. Por su parte es de suponer que un historiador sabe que no
puede opinar sobre temas de historia que le son ajenos sin informarse
debidamente. Es una cuestión de honestidad intelectual y profesional que no parece ser un problema que le preocupe mucho a Sand. En el reportaje el escritor cuenta que su libro
“Cuando y como fue inventado el Pueblo Judío” se apoya en dos tesis
fundamentales, a saber: 1) Los actuales judíos provienen de pueblos
paganos que se convirtieron al judaísmo lejos de Palestina, y por lo
tanto no descienden de los antiguos judíos, 2) y que los palestinos
árabes son los únicos descendientes de los antiguos judíos. Para darles más sustento continúa afirmando que la
existencia de un pueblo judío es solo una invención, y una invención
reciente, que La Biblia no es un libro histórico, solo es un libro
teológico, que el pueblo judío es una invención del cristianismo y que
nunca existió el exilio impuesto por parte de los romanos porque éstos
no eran como los asirios o babilonios. Continuó afirmando que de los
cuatro millones de judíos que existían por aquella época, tres millones
se convirtieron al cristianismo, sostuvo que la cantidad de judíos que
hubo en España se debe a que la invasión musulmana de la Península
Ibérica estaba compuesta en gran parte por bereberes conversos al
judaísmo. A esto añadió el dato de que la mayor parte de los judíos
ashkenazim descienden de los jazáros y que de acuerdo a Ben Gurion y a
Ben Zvi los únicos verdaderos descendientes de los judíos serían los
palestinos. También enunció otras tesis, intentar responder a
todas ellas es un arduo trabajo que seguramente excede este espacio,
pero es necesario dejar aclaradas algunas cuestiones. En primer lugar
no se entiende como se puede señalar con tanta ligereza que el pueblo
judío no existe, tal vez confunda deliberadamente la designación de
pueblo, con la definición de Nación que es una entidad que nace a fines
del Siglo XVIII. Ciertamente en el relato bíblico, en el Siglo V
a.n.e. nos enteramos de que cuando Ezrah retorna con Nehemias para
reconstruir Jerusalém y el Templo, define con claridad y precisión lo
que será el judaísmo. De allí en más, donde quiera que existan judíos
serán individuos que conformarán un colectivo que es un pueblo, y que
funciona como tal frente a otros grupos. Si habitaban en lugares lejanos peregrinaban a
Jerusalém y recaudaban medio shekel para mantener el templo. Cuando
este desaparece, destruido por los romanos, la recaudación continuó
realizándose para liberar a los judíos que eran vendidos como esclavos,
en todo lugar donde esto sucediera. Una de las fuentes más antiguas donde puede
verificarse este sentimiento de pertenencia por parte de los judíos es
en el testimonio prestado por Flavio Josefo cuando en el Siglo I, en el
año 93 en las Antigüedades Judías se lamenta, “recogen el recuerdo de
todo lo que nos sucedió a nosotros, los judíos, en Egipto, Siria y
Palestina, de todo lo que hemos tenido que soportar de los asirios y de
los babilonios, de las atrocidades que nos han infligido los persas,
los macedonios y por último los romanos, comenzando desde el primer
hombre y llegando hasta el duodécimo año del reinado de Nerón” Una vez más lo hace en el libro Contra Apion, donde
hace una encendida y detallada defensa de los valores de su pueblo, el
Pueblo Judío, al que nombra de esta manera. Historiadores, especializados en Historia Antigua e
Historia Medieval resaltan la conciencia que los judíos tenían de si
mismos como pueblo, también la tenían los otros con respecto a ellos.
Peter Brown, un afamado historiador, especializado en la Antigüedad
Tardía en su obra “El Cuerpo y la Sociedad” relata que “con la
destrucción del Templo y el reforzamiento de la sinagoga y la casa de
estudio, el judaísmo se apresuraba a convertirse en la religión del
libro y de la familia matrimonial santificada. Trasmitida por varones
eruditos a adolescentes devotos, en casas de estudio no muy distintas
de las escuelas vecinas de los filósofos paganos, la Ley seguía
hablando al mundo con su antigua solemnidad: Puesto que todos nosotros somos un pueblo famoso, el que ha recibido una Ley del que es Unico: y la Ley que hay entre nosotros nos auxiliará, y la incomparable sabiduría que hay entre nosotros nos ayudará.” Mientras el cristianismo crecía y se difundía por el
mundo greco-romano, y posteriormente también abrevando del judaísmo
surgiría el islamismo, los judíos decidieron resistir a los llamados y
halagos de quienes se consideraban los verdaderos pueblos de Dios. Y
los judíos resistieron con la clara conciencia de las acechanzas,
tentaciones y peligros que se cernían sobre su condición. Se dieron
forma y contenido, se dieron un código civil en la Halajá y se
consultaron con cartas, las responsas pese a las abismales distancias
que en esos tiempos separaban a las comunidades unas de otras. Con el paso de los siglos y los milenios y aun a pesar de sus diferencias tenían conciencia de su pertenencia a un solo pueblo. En el siglo XII, un viajero navarro, Benjamín de
Tudela recorrió en sus viajes desde Tudela a Zaragoza, Tortosa,
Barcelona, Narbona, Montpellier, Arles, Marsella, Génova, Pisa, Roma,
Nápoles, Salerno, Tarento y Otranto; luego recorrió el Imperio
Bizantino y las Islas del Egeo; también recorrió los reinos cristianos
de los cruzados en Siria y Palestina; se adentró en el mundo musulmán
visitando el Imperio Seléucida (Mesopotamia); en Basora se embarcó para
circunnavegar la península Arábiga, llegando hasta el Egipto fatimí; y
de allí volvió a España pasando por Sicilia. Recorrió todos estos lugares viendo como eran las comunidades judías y haciendo un registro de todas ellas. A mediados del Siglo XVII los judíos de
Constantinopla se reunieron y redimieron a los judíos de Polonia que
eran vendidos como esclavos por quien los había capturado, el cruel
Bogdan Jmelnitzky, en tanto que una judía de Hamburgo, Glückel de
Hameln contó como toda su familia y su abuela es especial, trataron de
ayudar a los pobres judíos polacos que habían podido huir ante las
tropas de los cosacos dirigidos por Jmelnitzky, dándoles refugio y
alojamiento. En 1730 un judío de Palestina, Yaacov Khuli, escribió
un libro, el Meam Loez, para instruir y educar judaicamente a una
comunidad judía pobre, degradada y casi analfabeta como lo era la mayor
parte de la población del Imperio Otomano. Durante el período de la Ilustración, afamados
filósofos se interrogaban cual sería la forma para lograr que los
judíos abandonaron los límites de su comunidad y se integraran con el
resto de la sociedad. Puede ser que para Sand la expresión de que cada
judío es responsable por otro no tenga ningún sentido, pero tal vez
este haya sido uno de los factores que hayan sido constituyentes del
Pueblo Judío y que como dijo otro historiador, el inglés Isaiah Berlin,
“Todos los judíos que son del todo conscientes de su identidad como
judíos están empapados de historia. Tienen recuerdos más prolongados,
son conscientes de una continuidad más prolongada como comunidad que
cualquier otra que haya sobrevivido. . .” “si esto no hubiera sido
verdad no hubiera habido suficiente vitalidad, ni suficiente deseo para
vivir una vida común, para haber hecho una colonización en Palestina, y
finalmente para haber hecho posible el Estado de Israel” Hasta aquí y muy brevemente están los testimonios que
pueden refutar los dichos de Sand sobre la casi inexistencia o
invención reciente del Pueblo Judío. Lo mismo puede decirse sobre sus
opiniones sobre la Biblia, que ciertamente no es un libro de historia,
pero es un texto notable, una fuente histórica, un valioso documento
antropológico que da cuenta no solo de las creencias, hábitos y
costumbres de los judíos de la antigüedad. También lo hace sobre pueblos desaparecidos que
fueron rescatados del olvido gracias al testimonio de su existencia
brindada por ella, donde se hallan textos de una notable belleza
literaria, hasta informaciones detalladas de un pasado remoto
imposibles de hallar en otras literaturas de la época. Ese texto
teológico al que tan despectivamente se refiere un historiador es uno
de los aportes más importantes a la Cultura Occidental, y quizá hasta
la cultura islámica. Sería muy importante que Sand pudiera informar en que
fuentes se basó para afirmar que en Palestina había cuatro millones de
judíos y que de ellos tres millones se convirtieron al cristianismo.
Según afirman los historiadores de la antigüedad la mayor parte de los
prosélitos ganados por el cristianismo se hallaban en las clases altas,
en el mundo grecolatino de las márgenes del Mediterráneo, de ahí las
grandes diferencias que se establecieron prontamente entre ambas
creencias. Y lo más sorprendente de todo es la descripción de
los romanos como muy diferentes y tolerantes en relación a asirios y
babilonios. Seguramente por esas características benevolentes,
amistosas y contemplativas con los pueblos que dominaron, los romanos
crearon el primer imperio más grande y poderoso de la historia y
llenaron Europa de esclavos. No podemos creer que Sand desconozca la
historia de los cartagineses a los que los romanos, luego de la derrota
que les infligieron en la tercera guerra púnica, destruyeron totalmente
Cartago y mataron a toda la población, especialmente a los niños, para
finalmente cubrir de sal las ruinas para que nada más creciera allí. La mayor parte de los judíos que sobrevivieron a la
derrota del Siglo I, y que no huyeron fueron llevados a Roma como
esclavos junto con los tesoros del templo, siendo vendidos allí. A
pesar del descreimiento de Sand que afirma que: “No hay ningún libro
científico que lo diga. En los billetes de 50 shekels se dice que Tito
deportó a los judíos, pero es un mito”, Esto demuestra ciertamente que
el escritor no leyó los textos científicos de historia sobre el tema,
que sería necesario recomendarle, ni siquiera la excelente novela de
Yourcenar “Las Memorias de Adriano”. Y que ni siquiera fue a Roma, que
está bastante cerca de Israel, a darse una vuelta por el Foro Romano
para ver uno de los Arcos de Triunfo romanos más importantes del mundo
romano. Construido por orden de Tito a su retorno de Judea,
conmemorando su triunfo sobre los judíos tiene esculpido el famoso
grupo de humillados esclavos judíos llevando sobre sus espaldas la
Menoráh como botín arrebatado al Templo destruido. Con esto se demuestra que Tito no estaba dispuesto a
que semejante triunfo quedara solo en la categoría de mito como le
atribuye Sand, se jactó como si hubiera sido una gran victoria y así la
legó a la posteridad . Citamos a Peter Brown nuevamente, es un texto
científico “. . .Cuando consiguieron ir entrando por primera vez en
Galilea despuès de 132, como refugiados de la última y más terrible
devastación de Judea por los romanos, los primeros rabinos eran
personajes tan desarraigados, tan excéntricos y tan periféricos a la
población asentada . . . Pero ya en aquel momento habían elegido la
continuidad de Israel. . .” La misma historia, pero más cruel aún se había repetido en el levantamiento de Bar Kojba y Rabí Akiba. Cuando los romanos derrotaron a los judíos
destruyeron su ciudad Jerusalém, pasaron un arado sobre lo que quedó y
les prohibieron a los judíos poner un pie en ella, cambiando su nombre
por el de Elia Capitolina, durante el reinado de Adriano. La vieja provincia de Judea perdió su nombre que le
fue sustituido por el de Palestina, con mucha crueldad por los romanos
porque recordaba a los enemigos más odiados de los judíos, los Plisthim
en hebreo, filisteos en castellano. Ignoramos si los judíos conocían la
historia de Cartago, pero sus tradiciones estuvieron destinadas a
impedir el olvido de la venerada Jerusalem, así que cuando los judíos
creyeron que había llegado el tiempo del Mesías, se aprestaron todos a
retornar. A lo largo de los milenios, quienes eran pobres se
iban a morir para ser enterrados allí y los que eran ricos se hacían
enterrar en Jerusalém, esperando la llegada del Mesías. Adonde
retornarían los judíos cuando lo hicieran sino a Jerusalem? Tan seguro como que los bereberes que llegaron con la
conquista musulmana eran mayoritariamente judíos conversos, habrá sido
que la mayor parte de los judíos ashkenazim eran descendientes de los
jázaros. Probablemente gran parte de los judíos descienden de conversos
que se incorporaron a lo largo de los milenios. No se entiende muy bien
si ese sería el impedimento para vivir en Israel, salvo que la
condición requerida sea la demostración una total pureza judía, una
consideración de carácter racista. Aún si Ben Gurión y Ben Zvi creían que los verdaderos
descendientes de los judíos eran los palestinos, este sería un hecho
muy difícil de probar, porque también los otomanos hacían traslados de
poblaciones y porque también por allí pasaron numerosos conquistadores,
de hecho sino no se verían tantos árabes de ojos grises o celestes y
cabellos rubios. Creemos que el deseo de vivir en una sociedad justa y
pacífica es totalmente válido pero para ello no es necesario mitificar
o manipular la historia para encontrar una fórmula que justifique y de
peso a ese deseo, especialmente cuando quién lo hace es un historiador
que debería al menos, respetar la disciplina de la cual proviene..