Hay un monumento que indica donde comenzaba el barrio judío. / MARIO ROJAS
En Oviedo no quedan vestigios de su pasado judío, ni
sinagogas ni edificios civiles, sólo documentación histórica que prueba
que en el siglo XIII llegó a haber, al menos, 40 familias que
profesaban esta religión intramuros. Los que vivían fuera eran
difíciles de contabilizar. Herreros, zapateros, cambistas, cuchilleros,
carniceros y médicos, los había de todas las profesiones porque, como
defiende Jimena García Herrero, historiadora y miembro de la Comunidad
Israelita del Principado, era una verdadera aljama, una comunidad con
su rabino y su juez, con todo lo necesario para vivir.
Con este pasado, aunque ya borrado de las calles en lo
que a restos se refiere, Oviedo ingresó en la Red de Juderías de
España. Este año asumió la presidencia de este grupo de 21 localidades,
que mantendrá hasta julio de 2009. De momento, ha traído su cultura, en
forma de una feria del libro, el concierto Mediterránea y una
exposición sobre el vino.
Pero quizás no sean muchos los que sepan que, un día, en
la Edad Media, los judíos vivían en el entorno del edificio actual de
la Audiencia. A finales del siglo XIII, posiblemente la época de mayor
esplendor de la comunidad judía de Oviedo, aparecieron unas ordenanzas
que dictaban la separación de los judíos que vivían dentro del recinto
amurallado. Estos no podían asentarse donde se les antojase, sino en un
barrio específico. Según el historiador Juan Uría, su zona -por
llamarlo de algún modo- era muy reducida, se extendía desde la Puerta
del Castillo -hoy recordada con un hito frente al edificio de
Telefónica- hasta la calle de San Juan. Por tanto, sólo dos manzanas,
donde en aquel entonces residían unas 40 familias.
Tolivar Faes defendía una extensión mucho mayor, hasta
la calle Altamirano con Rúa. Y Jimena García Herrero es todavía más
generosa en sus estudios. Se basa en las ordenanzas que decían que
tenían que vivir entre la Puerta del Castillo -hoy Porlier- y la Puerta
Nueva de Socastiello -donde hoy se levanta el Ayuntamiento-. Sin
embargo, explica, «o podemos saber el número concreto, porque fuera de
la muralla podían vivir donde querían. Todos los investigadores de la
Historia de Asturias dicen que, a finales del siglo XIII, hubo una gran
expansión fuera de las murallas». Precisamente, muy cerca, donde hoy se
erige el Campoamor, hubo un cementerio, hoy también recordado con una
placa en la entrada trasera del teatro. Muchas de las lápidas
funerarias llevaban inscritos nombres judíos.
Y una población importante tuvo que ser, dado que
aparece citada en documentación de la época como una aljama, con su
rabino y su juez. No era, por tanto, un simple barrio, aunque no tenía
la importancia que alcanzaron las de Toledo y Sevilla.
Uno de los vestigios documentales que constata, según
García Herrero, la importancia de la comunidad es, precisamente, la
citada ordenanza que les obligaba a vivir en un lugar específico. «Tuvo
que ser considerable la población para que unas ordenanzas se fijen en
eso, y los establezcan en unos lugares». Los expedientes de limpieza de
sangre, necesarios para ocupar cargos públicos y que demostraban que
durante 7 generaciones no había habido judíos en la familia, dan fe de
su presencia en Oviedo. O los que regulaban el préstamo con interés, al
que muchas personas de esta religión se dedicaban, y que el rey vetó a
los cristianos en el siglo XIII.
Antisemitismo
Documentos como el Fuero de Oviedo de 1145 hacen
suponer, dice la historiadora, que no todos los habitantes de la ciudad
eran cristianos. Había conversos y, por supuesto, judíos. Entre ellos,
Mari Xabi, converso que llevaba las finanzas del rey. Otros nombres del
pasado judío de la ciudad son el carnicero Johan (Juan) Bono, el
alfayate Pedro Franco, el zapatero Don Tomas, el cambista Adán Giráldez
o el médico Yusaf. La lista es más larga. «Lo que es evidente es que si
había una aljama a finales del siglo XIII, tenía que haber de todas las
profesiones».
Gentes de clase media, comerciantes y, también, pobres.
Aunque estos no aparecen en los anales. No importa su religión, son los
grandes olvidados de la historia. De extracción más modesta o más
adinerados, aunque en la ciudad «no constan grandes matanzas», sí
sufrieron las oleadas de antisemitismo que se reprodujeron en
diferentes épocas. Por ejemplo, en el siglo XIV el obispo Gutierre de
Toledo dictó una serie de anatemas contra los judíos. Les prohibió
ocupar cargos públicos o mantener relación social con los cristianos:
no podían ir a entierros, celebraciones o bodas. Posiblemente hubo un
malestar generalizado entre ellos, que les llevó a convertirse aunque
mantuvieran sus ritos y costumbres, o a dejar la ciudad para ir a
poblaciones más pequeñas. Enrique II utilizó el antisemitismo en la
guerra contra su hermano Pedro: le acusaba de beneficiar a los judíos.
Y así, con estas presiones, la comunidad sefardí se fue apagando.

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