viernes, 19 de septiembre de 2008

Asoma en la región un nuevo racismo: indios contra blancos Con Evo
Morales, Ollanta Humala y Hugo Chávez, la raza se vuelve ideología
LONDRES.– La gira por Europa de Evo Morales, presidente electo de
Bolivia, que pasado mañana asumirá la primera magistratura de su
país, ha sido un gran éxito mediático.
Su atuendo y apariencia, que parecían programados por un genial
asesor de imagen –no altiplánico sino neoyorquino–, han hecho
las delicias de la prensa y elevado el entusiasmo de la "izquierda
boba" a extremos orgásmicos.
Pronostico que el peinado estilo "fraile campanero" del nuevo
mandatario boliviano, sus pulóveres rayados con todos los colores del
arco iris, las casacas de cuero raídas, los vaqueros arrugados y los
zapatones de minero se convertirán pronto en el nuevo signo de
distinción vestuaria de la progresía occidental.
Excelente noticia para los criadores de auquénidos bolivianos y
peruanos y para los fabricantes de pulóveres de alpaca, llama o
vicuñas de los países andinos, que así verán incrementarse
sus exportaciones.
Lo que más han destacado periodistas y políticos occidentales es
que Evo Morales es el primer indígena que llega a ocupar la
presidencia de Bolivia, con lo cual se corrige una injusticia
discriminadora y racista de cinco siglos, cometida por la ínfima
minoría blanca contra los millones de indios aymaras y quechuas
bolivianos.
Aquella afirmación es una flagrante inexactitud histórica, pues
por la presidencia de Bolivia ha pasado un buen número de bolivianos
del más humilde origen, generalmente espadones que habiendo comenzado
como soldados rasos escalaron posiciones en el ejército hasta
encaramarse en el poder mediante un cuartelazo, peste endémica de la
que Bolivia no consiguió librarse sino en la segunda mitad del siglo
XX. Para los racistas interesados en este género de estadísticas,
les recomiendo leer Los caudillos bárbaros, un espléndido ensayo
sobre los dictadorzuelos que se sucedieron en la presidencia de Bolivia
en el siglo XIX que escribió Alcides Arguedas, historiador y prosista
de mucha garra, aunque demasiado afrancesado y pesimista para el paladar
contemporáneo.
No hace muchos años, parecía un axioma que el racismo era una tara
peligrosa, que debía ser combatida sin contemplaciones, porque las
ideas de raza pura, o de razas superiores e inferiores, habían
mostrado con el nazismo las apocalípticas consecuencias que esos
estereotipos ideológicos podían provocar. Pero, de un tiempo a
esta parte y gracias a personajes como el venezolano Hugo Chávez, el
boliviano Evo Morales y la familia Humala en el Perú, el racismo
cobra de pronto protagonismo y respetabilidad y, fomentado y bendecido
por un sector irresponsable de la izquierda, se convierte en un valor,
en un factor que sirve para determinar la bondad y la maldad de las
personas, es decir, su corrección o incorrección política.
Plantear el problema latinoamericano en términos raciales como hacen
aquellos demagogos es una irresponsabilidad insensata. Equivale a querer
reemplazar los estúpidos e interesados prejuicios de ciertos
latinoamericanos que se creen blancos contra los indios, por otros,
igualmente absurdos, de los indios contra los blancos. En el Perú,
don Isaac Humala, padre de dos candidatos presidenciales en las
elecciones del próximo abril -y uno de ellos, el teniente coronel
Ollanta, con posibilidades de ser elegido- ha explicado la
organización de la sociedad peruana, de acuerdo a la raza, que le
gustaría que cualquiera de sus retoños que llegara al gobierno
pusiera en práctica: el Perú sería un país donde sólo los
"cobrizos andinos" gozarían de LA NACIONalidad; el resto -blancos,
negros, amarillos- serían sólo "ciudadanos" a los que se les
reconocerían algunos derechos.
Si un "blanco" latinoamericano hubiera hecho una propuesta semejante,
hubiera sido crucificado, con toda razón, por la ira universal. Pero
como quien la formula es un supuesto indio, ello sólo ha merecido
algunas discretas ironías o una silenciosa aprobación.
Llamo a don Isaac Humala un "supuesto" indio, porque, en verdad, eso es
lo que han dictaminado que es sus paisanos del pueblecito ayacuchano de
donde la familia Humala salió para trasladarse a Lima. Una
socióloga fue recientemente a husmear los antecedentes andinos de los
Humala en aquel lugar, y descubrió que los campesinos los
consideraban los mistis locales, es decir, los "blancos", porque
tenían propiedades, ganados, y eran, cómo no, explotadores de
indios.
Tampoco el señor Evo Morales es un indio, propiamente hablando,
aunque naciera en una familia indígena muy pobre y fuera de niño
pastor de llamas. Basta oírlo hablar su buen castellano de erres
rotundas y sibilantes eses serranas, su astuta modestia ("me asusta un
poco, señores, verme rodeado de tantos periodistas; ustedes
perdonen"), sus estudiadas y sabias ambigüedades ("el capitalismo
europeo es bueno, pues, pero el de los Estados Unidos no lo es") para
saber que don Evo es el emblemático criollo latinoamericano, vivo
como una ardilla, trepador y latero, y con una vasta experiencia de
manipulador de hombres y mujeres, adquirida en su larga trayectoria de
dirigente cocalero y miembro de la aristocracia sindical.
Cualquiera que no sea ciego y obtuso advierte, de entrada, en América
latina, que, más que raciales, las nociones de "indio" y "blanco" (o
"negro" o "amarillo") son culturales, y que están impregnadas de un
contenido económico y social. Un latinoamericano se blanquea a medida
que se enriquece o adquiere poder, en tanto que un pobre se cholea o
indianiza a medida que desciende en la pirámide social. Lo que indica
que el prejuicio racial -que, sin duda, existe y ha causado y causa
todavía tremendas injusticias- es también, y acaso sobre todo, un
prejuicio social y económico de los sectores favorecidos y
privilegiados contra los explotados y marginados.
América latina es cada vez más, por fortuna, un continente
mestizo, culturalmente hablando. Este mestizaje ha sido mucho más
lento en los países andinos, desde luego, que, digamos, en México
o en Paraguay, pero ha avanzado de todos modos al extremo de que hablar
de "indios puros" o "blancos puros" es una falacia. Esa pureza racial,
si es que existe, está confinada en minorías tan insignificantes
que no entran siquiera en las estadísticas (En el Perú, los
únicos indios "puros" serían, según los biólogos, el
puñadito de urus del Titicaca.)
En todo caso, por una razón elemental de justicia y de igualdad, los
prejuicios raciales deben ser erradicados como una fuente abyecta de
discriminación y de violencia. Todos, sin excepción, los de
blancos contra indios y los de indios contra blancos, negros o
amarillos. Es extraordinario que haya que recordarlo todavía y, sobre
todo, que haya que recordárselo a esa izquierda que, arreada por
gentes como el comandante Hugo Chávez, el cocalero Evo Morales o el
doctor Isaac Humala están dando derecho de ciudad a formas renovadas
de racismo.
No sólo la raza se vuelve un concepto ideológico presentable en
estos tiempos aberrantes. También el militarismo. El presidente de
Venezuela, Hugo Chávez, acaba de hacer el elogio más exaltado del
general Juan Velasco Alvarado, el dictador que gobernó el Perú
entre 1968 y 1975, cuya política, ha dicho, continuará en el
Perú su protegido, el comandante Ollanta Humala, si ganase las
elecciones.
El general Velasco Alvarado derribó mediante un golpe de Estado el
gobierno democrático de Fernando Belaunde Terry e instauró una
dictadura militar de izquierda que expropió todos los medios de
comunicación y puso los canales de televisión y los periódicos
en manos de una camarilla de mercenarios reclutados en las sentinas de
la izquierda. Nacionalizó las tierras y buena parte de las
industrias, encarceló y deportó a opositores y puso fin a toda
forma de crítica y oposición política. Su desastrosa
política económica hundió al Perú en una crisis atroz que
golpeó, sobre todo, a los sectores más humildes, obreros,
campesinos y marginados, y el país todavía no se recupera del todo
de aquella catástrofe que el general Velasco y su mafia castrense
causaron al Perú. Ese es el modelo que el comandante Chávez y su
discípulo el comandante Humala quisieran -con la complicidad de los
electores obnubilados- ver reinstaurado en el Perú y en América
latina.
Además de racistas y militaristas, estos nuevos caudillos bárbaros
se jactan de ser nacionalistas. No podía ser de otra manera. El
nacionalismo es la cultura de los incultos, una entelequia ideológica
construida de manera tan obtusa y primaria como el racismo (y su
correlato inevitable), que hace de la pertenencia a una abstracción
colectivista -la nación- el valor supremo y la credencial
privilegiada de un individuo.
Si hay un continente donde el nacionalismo ha hecho estragos es
América latina. Esa fue la ideología en que vistieron sus
atropellos y exacciones todos los caudillos que nos desangraron en
guerras internas o externas, el pretexto que sirvió para dilapidar
recursos en armamentos (lo que permitía las grandes corrupciones) y
el obstáculo principal para la integración económica y
política de los países latinoamericanos.
Parece mentira que, con todo lo que hemos vivido, haya todavía una
izquierda en América latina que resucite a estos monstruos -la raza,
la bota y el nacionalismo- como una panacea para nuestros problemas.
Es verdad que hay otra izquierda, más responsable y más moderna
-la representada por un Ricardo Lagos, un Tabaré Vásquez o un Lula
da Silva- que se distingue nítidamente de la que encarnan esos
anacronismos vivientes que son Hugo Chávez, Evo Morales y el clan de
los Humala. Pero, por desgracia, es mucho menos influyente que la que
propaga por todo el continente el presidente venezolano con su verborrea
y sus petrodólares.


Por Mario Vargas Llosa


Para LA NACION

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